Slow motherhood, la maternidad sin prisas: claves y consejos

Escrito por la redacción de THE MOTHERS.

Nuestro día a día como padres nos da la impresión de estar corriendo todo el tiempo. Desde por la mañana hasta por la noche, encadenamos trabajo, compras, actividades extraescolares, cenas, baños… Nuestro ritmo es poco menos que infernal y los niños, en medio de todo ello, nos siguen como pueden en nuestro particular marathón.

La « slow motherhood» o « slow parenting », es el movimiento que busca justamente lo contrario: ralentizar. Tomarse su tiempo para que criar a nuestros hijos no sea una carrera desenfrenada hacia ninguna parte, sino que podamos centrarnos en lo importante, estar más cerca y más atentos a nuestros hijos y vivir plenamente cada momento, sobre todo cuando son pequeños. Te contamos cómo conseguirlo.

Ralentizar el ritmo

Todo comienza con un libro: « El elogio de la lentitud », de Carl Honoré, publicado en 2005. El libro critica la obsesión moderna por la rapidez, por hacerlo todo demasiado rápido, por hacer demasiadas cosas. Honoré propone recuperar un ritmo de vida más equilibrado: la calidad de vida mejora cuando elegimos conscientemente cuándo ir rápido y cuándo ir despacio. Así es como el conocido «slow life» aparece en nuestras vidas.

Los expertos señalan con el dedo a nuestra sociedad del « demasiado »: tenemos demasiadas cosas que hacer o ver, demasiadas opciones, demasiada información… Bastaría sin embargo con que uno solo de los padres pulse el botón de pausa para cambiar la tendencia. Y comenzar por instaurar nuevos rituales. Por la noche, por ejemplo, en el momento de estar todos juntos en casa, por la tarde, lo ideal es apagar los teléfonos o cualquier otra pantalla. « Esto permite hablar con los hijos, tomarse el tiempo de preparar la comida y cenar todos juntos. Permite abrir la conversación, volver a centrarse en uno mismo y en los seres queridos », explica Marie Gervais, experta en educación creativa.

Planear no hacer nada

Pasar tiempo sin hacer nada puede ser planear estar juntos en familia. Y eso hace es fundamental para el bienestar emocional de los niños. Los especialistas insisten en que la complicidad y la confianza entre padres e hijos se forjan en esos momentos de convivencia compartida. Es lo que cimenta la base familiar.

Es también la opinión de Montse, madre de las gemelas Elena y Carolina, de 6 años. « Siempre reservo dos tardes libres con mis hijas durante la semana. No planeamos nada especial. Si durante esos días las niñas tienen ganas de comer un pastel, improvisamos y lo cocinamos. Si no quieren ir a la extraescolar, lo respeto y nos quedamos en casa. Si hace buen tiempo, salimos a pasear. Me adapto a lo que tienen ganas de hacer. Al final, tengo la impresión de vivir en el momento presente, ¡y eso es genial para ellas! », explica.

Aburrirse es bueno

Vivir más despacio implica liberarse de un montón de hábitos que generan dependencia. Como, por ejemplo, dejar esas actividades extraescolares, que sólo se hacen porque lo amigos del cole también van o para facilitar la agenda propia de los padres.

Los expertos aconsejan aprender a escuchar a nuestros hijos y fomentar actividades sin objetivos (por ejemplo, si salimos de excursión, no debe convertirse en una competición para ver quién camina más rápido. Podemos detenemos en el camino para observar los insectos o las flores), rutinas previsibles o momentos de juego espontáneo. Todo ello permite fortalecer el vínculo y reducir la presión social o familiar por el rendimiento.

¿Qué pasa si el niño se aburre? Pues nada. El aburrimiento permite al niño escucharse a sí mismo e imaginar cosas nuevas. Los padres suelen sentir la necesidad de llenar la agenda de sus hijos creyendo hacer lo correcto. Pero es un error. Con frecuencia, es simplemente una forma de aliviar la culpa por no estar siempre presentes para ocuparse de ellos. Y eso, al final, es contraproducente.


Redescubrir a nuestros hijos


Los psicólogos aconsejan a los padres hacer actividades, especialmente al aire libre, lejos de las pantallas y de las actividades cronometradas, para redescubrir a sus hijos, en libertad, en la naturaleza, sin planificación, sin programa.

Cuando los niños son un poco más mayores, es importante imponer ciertas horas en el día en las que las pantallas están prohibidas, establecer horarios definidos para su uso (por ejemplo, los fines de semana de tal a tal hora) o bien poner todos los teléfonos y tabletas en una caja « de gadgets » cerrada. Otras posibilidades son:

  • Dedicar una noche por semana a hacer algo que guste a toda la familia (ver una película comiendo palomitas, jugar a las cartas o a un juego de mesa divertido…).

  • Ocuparse del jardin o de un huerto (aunque sea en un pequeño rincón del balcón de casa): plantar, regar y ocuparse de una planta, verlo crecer…

  • Adelantar el despertador 10 minutos por la mañana, para no tener que salir de casa con prisas.

Elogio de la lentitud, libro Carl Honoré

« El mundo se mueve más rápido que nunca. Nos esforzamos por hacer las cosas más deprisa, por hacer más cosas por minuto, por hora, cada día. Pero pagamos un precio muy alto por someternos a este ritmo de vida vertiginoso »




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