Sephora kids: ¿maquillarse sigue siendo un juego de niños?
Escrito por la redacción de THE MOTHERS.
Niñas cada vez más jóvenes que compran cremas antiedad, se aplican sérums de ácido hialurónico y graban sus rutinas de belleza para sus redes sociales antes de ir al colegio. El fenómeno de las Sephora Kids, impulsado por las redes sociales, ha abierto en los últimos tiempos un serio debate sobre la hipersexualización precoz, la salud mental infantil y una industria cosmética que ha encontrado un filón éticamente cuestionable en los patios de recreo. Lo analizamos.
Lo que comenzó en las redes sociales como la tendencia de la morning routine, se ha transformado en una corriente que empieza a preocupar, bautizada como Sephora Kids
Martina tiene nueve años y sabe perfectamente lo que es el skincare. Cada mañana, antes de vestirse para ir al colegio, sigue un ritual estricto frente al espejo: limpiador, tónico hidratante, sérum de vitamina C y crema iluminadora. A veces, incluso añade un toque de corrector de ojeras y un bálsamo labial con color. El proceso queda registrado en un vídeo de 60 segundos que, tras un montaje rápido con música de fondo, subirá a la cuenta de TikTok que gestiona su madre, quien lo justifica diciendo que "es solo un juego". Detrás de ese simple “juego”, sin embargo, hay mucho más que una niña queriendo ser mayor; se proyecta la radiografía de un fenómeno global que ha transformado la infancia en un escaparate cosmético.
Lo que comenzó en las redes sociales como la tendencia de la morning routine —vídeos donde creadores de contenido muestran su supuesta y perfecta rutina matutina— se ha transformado en una corriente que empieza a preocupar, bautizada como las Sephora Kids. Niñas de entre 7 y 12 años que han sustituido las muñecas por los pasillos de las grandes superficies de cosmética, memorizando ingredientes químicos y marcas de lujo mejor que las tablas de multiplicar.
Detrás de la tendencia, el algoritmo
Detrás de cada vídeo de "prepárate conmigo" (Get Ready With Me) hay un algoritmo diseñado para enganchar. Plataformas como TikTok o Instagram Reels exponen a las menores a un bucle infinito de rostros perfectos, texturas cremosas y envases de colores pastel que imitan la estética de los juguetes, pero contienen potentes activos químicos.
Según datos de la consultora de mercado Euromonitor International, el sector de la cosmética facial infantil y juvenil ha experimentado un crecimiento sin precedentes en los últimos tres años en España. Las marcas ya no necesitan anunciarse en la televisión; su publicidad es orgánica, camuflada en la recomendación de una influencer de 11 años que asegura que ese sérum de retinol le ha "cambiado la vida". La presión estética, históricamente ligada a la adolescencia, ha derribado las barreras de la edad y se ha instalado de lleno en la educación primaria.
La infancia mercantilizada
Sin embargo, la obsesión por el cuidado de la piel no es de hoy. Históricamente, el debate sobre cuándo debían empezar a maquillarse las niñas ha funcionado como un termómetro social y cultural de Occidente.
Durante el siglo XX, la transición oficial de la infancia a la madurez reproductiva y social, estaba fijada en torno a los 15 o 16 años. Antes de esa edad, el uso de cremas o pintalabios se consideraba un tabú moral y un desafío a la pureza infantil. Los pedagogos e historiadores coinciden en que la edad recomendada para introducir el maquillaje social —siempre ligado a la expresión de la propia identidad y no a la corrección de supuestos defectos— se situaba al inicio de la adolescencia media.
La gran ruptura del fenómeno actual no es el acto de maquillarse en sí, sino que la industria ha dinamitado ese calendario histórico, mercantilizando la infancia temprana y despojando al maquillaje de su antiguo valor como ritual de madurez autónomo.
Dermatitis en el patio de recreo
"Estamos viendo en las consultas un repunte alarmante de niñas con patologías dermatológicas que antes eran inauditas a esas edades", advierten desde la Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV). La piel de un niño de ocho o diez años es estructuralmente más fina y delicada que la de un adulto, y su barrera cutánea no está completamente desarrollada.
El uso innecesario de ácidos exfoliantes, retinoides o vitamina C pura está provocando cuadros severos de dermatitis de contacto, acné cosmético, quemaduras químicas e hipersensibilidad. Los dermatólogos son tajantes: a esas edades tempranas, la única rutina de belleza necesaria es el agua, un jabón suave y, por encima de todo, el protector solar. Aplicar productos antienvejecimiento en pieles que aún no han empezado a envejecer no solo es un sinsentido, sino un riesgo directo para la salud pública.
De la imitación a la dismorfia corporal
Más allá de los eccemas y las rojeces, el verdadero daño se está haciendo a nivel psicológico. El Consejo General de la Psicología de España lleva tiempo alertando sobre los peligros de la hipersexualización y la erotización temprana de la infancia. El juego simbólico tradicional —donde los niños imitan a los adultos para comprender el mundo— se ha desvirtuado. Ya no se imita a la madre o al padre; se imita a una identidad digital hiperperfeccionada y filtrada.
Los psicólogos clínicos señalan que este comportamiento fomenta la dismorfia corporal, es decir, la obsesión por los defectos físicos imperceptibles o inexistentes. Cuando una niña se mira al espejo y busca arrugas, líneas de expresión o imperfecciones que su piel infantil jamás podría tener, se siembra la semilla de la insatisfacción crónica. La autoestima deja de construirse a través de las habilidades académicas, el deporte o las relaciones sociales, y pasa a depender exclusivamente de la aprobación ajena en forma de likes.
La pasividad de una industria millonaria
Ante esta realidad, surgen preguntas incómodas: ¿Dónde está el límite? ¿Qué responsabilidad tienen los fabricantes y las marcas? En países como Suecia, la cadena de farmacias Apotek Hjärtat tomó en 2024 la decisión pionera de prohibir la venta de productos de cuidado de la piel avanzados a menores de 15 años sin el consentimiento de sus padres.
Las grandes marcas se defienden argumentando que sus productos están dirigidos a un público adulto y que el control del consumo reside en las familias. No obstante, el diseño de los envases (muchos de ellos con formas de frutas, ositos o colores fluorescentes) y las campañas de marketing en redes sociales demuestran una clara ambigüedad moral.
El peligro de la morning routine infantil no radica en el agua miscelar ni en el brillo de labios de fresa. El peligro real reside en el robo silencioso de una etapa irrepetible. Al transformar la infancia en un acto de producción visual y en un examen estético frente al mundo, se les está quitando la libertad de ser lo que son, niñas. Solo eso.•
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